
En 1937, una casa de té se convirtió en un puesto de resistencia contra los invasores. Camilo Santana, su dueño, rompió un cuenco como juramento y lideró a su gente al frente. Su esposa Rosa enfrentó a los traidores. El joven Héctor Mena dejó a sus padres para unirse al ejército. Un monje dejó los hábitos para defender la patria. La gente común de la provincia occidental dio todo por el país. Nunca traicionaron a la patria.