
Para salvar a su suegra enferma, Elena Silva, viuda, aceptó ser la mujer para tener descendencia. En una celda, conoció a Ignacio Ríos, quien prefirió lastimarse las manos antes que mancillarla. Él fue a su puesto de fideos, la protegió torpemente y, tras las dificultades, ambos entendieron su amor. Saliendo del lodo, él le enseñó a quererse; ella le dio un hogar.