
Tras ocho años como diseñador, Diego Santamaría fue despedido. Su antigua empresa usó sus diseños para ganar un megacontrato de 4.800 millones, pero la patente clave acababa de expirar. Diego rechazó conciliar, se alió con el cliente y fundó su propia firma. De una oficina con cuatro empleados a un imperio en cinco años. La empresa que lo despidió terminó en quiebra.