
Liliana Yáñez y Julia Cárdenas lucharon toda su vida, solo para acabar siendo damas de honor en la boda de otra. El día en que el emperador asumió el poder, declaró que una antigua sirvienta del palacio era su madre biológica y la obligó a renunciar al cargo de emperatriz viuda. Liliana Yáñez lloró, sin imaginar que la niña que había criado era una impostora que ahora buscaba acabar con su vida. Julia se rió, sin anticipar la traición del emperador, ni que una copa de veneno acabaría con su vida. Renacidas, ambas mujeres regresaron a los días previos a la coronación del emperador. Dejando a un lado las rencillas del pasado, juraron sumir a Damasco en el caos, alterando directamente el edicto imperial para destrozar los sueños imperiales de esa impostora.